Yo no pienso prostituir mi profesión.

“EMILI CUATRECASAS ACEPTA UNA PENA DE DOS AÑOS DE PRISIÓN POR FRAUDE FISCAL”
La primera idea para cualquiera que lea este titular aparecido hace unos días en prensa es “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Y si, así es. Lo peor es que mi primer pensamiento, abogada y Máster en Derecho, ha sido “y por qué será que no me extraña…”.
Uno de los despachos más importantes del país, una Firma a la que cualquier recién licenciado (o ahora graduado) en Derecho querría pertenecer, con un prestigio tan difícil de conseguir… todo esto me lleva a preguntarme, ¿dónde han quedado los valores y el sentimiento de Justicia?
Si bien es cierto que cuando te licencias en Derecho sigues creyendo en la maravillosa utopía de poder mejorar un poquito más la sociedad en la que vives, con el paso de los años y sobretodo con la experiencia de ir conociendo a compañeros veteranos, te das cuenta que esa idea con la que has fantaseado durante cinco largos años de estudios, es muy difícil de conseguir. Y no porque no sea posible, sino, porque hay algunos (y hago hincapié en lo de algunos) compañeros (para los que no estén familiarizados con la profesión, entre los abogados nos llamamos “compañeros” –a veces muy a nuestro pesar porque realmente a algunos no se les puede calificar como tales-) nunca han tenido ni la vocación ni el sentimiento de Justicia que se nos debería exigir a todos los abogados.
Recientemente he topado con alguno de estos: “Eso es así porque yo lo digo”, “La vida vale tanto porque yo lo considero, me da igual la ley y lo que se diga en ella”, “La ética en un abogado es lo más importante, no se puede perder nunca”, “las formas hay que guardarlas siempre”, “Vosotros los jóvenes no debéis exigir dinero”. Y todo esto a grito pelado, con la barriga hinchada y mirándote por encima del hombro.  “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces” o “se cree el ladrón que todos son de su condición” salen del refranero de la abuela para definir a este señor (si es que se le puede llamar así). Infringiendo el código deontológico del abogado (no diré aquí cómo, pero os aseguro que de manera muy descarada como para ir predicando lo predica),  presentando escritos sin una sola fundamentación jurídica y sin guardar sus tan importantes formas y, para más inri, aprovechándose de varios abogados con experiencia desesperados por la difícil situación laboral que atravesamos.
Lamento decir que así son muchos de mis “compañeros”. No me extraña que luego a los abogados se nos tilde de buitres comiendo carroña… La verdad es que los hay. Sin embargo, yo sigo viviendo en mi utopía, sigo creyendo que las cosas se pueden hacer bien, que los valores tienen que estar por encima de todo, que el bien está por encima del mal, que aunque muchas veces sea difícil, la Justicia existe y no seré yo quien dé de comer a abogados como estos. No me da la gana compartir despacho con ellos y mucho menos que me hagan hacer cosas que no considero que sean mínimamente correctas. Y todo a cambio un mísero sueldo.
Soy yo y abogados en mi situación (sin trabajo y con algo de experiencia) quienes debemos frenar esto. Somos profesionales, con una maleta cargada ilusión y ganas de aprender. Dos cualidades que quizás valen más que la tan consolidada experiencia de la que muchos abogados presumen. Mi poca o mucha experiencia no me va impedir realizar un buen trabajo y mis conocimientos pueden aportar mucha más luz a un caso de lo que nadie cree. Y eso, muy Sres. Míos, se paga.
Ni muchísimo menos pretendo negar la ignorancia con la que salimos de la carrera. Es totalmente cierto que no sabemos nada de la de práctica jurídica y no es menos cierto que a un abogado con experiencia le supone parte de su tiempo y esfuerzo enseñar a los neófitos, pero no olvidemos que han sido cinco años de formación, no necesitamos cuatro o cinco más para seguir formándonos. Y es que, la pasantía en los abogados es algo que nunca he entendido y creo que nunca entenderé. Un ingeniero cuando sale de la carrera, empieza cobrando un 60% del sueldo durante su primer año y al cabo de dos cobrará el 100%. El sueldo que se merece. ¿Qué pasa con los abogados? ¿Por qué nosotros debemos trabajar dos o tres años GRATIS? ¿No invertimos tiempo y conocimientos nuevos? ¿Qué nos diferencia que cualquier otra profesión?
Pues eso, que creo nuestras cualidades también deben ser retribuidas. Dejar un despacho con el que no comparto mis ideales, me lo puedo permitir porque tengo un respaldo económico y psicológico de mi familia y mi pareja, claro está. Puedo darme el lujo de seguir buscando un bufete en el que pueda desarrollarme profesionalmente como yo quiero, pero hay miles y miles de abogados jóvenes como yo que no se lo pueden permitir, simplemente porque necesitan el poco dinero que estos abogados buitres quieran pagarles para poder vivir. A los que están en esa situación no soy yo quién para pedirles nada, pero a los que, como yo, tenéis la suerte de poder aguantar algún tiempo sin trabajar, os pido, desde mi utópico mundo, que no permitamos a estos carroñeros arruinar a los nuevos abogados. Los años de “pasantía” deberían ser  ya cosa del pasado.
Y, como dice un buen amigo y compañero (este sí es compañero)… “yo no pienso prostituir mi profesión”. 

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Con permiso, buenas tardes.



1 de septiembre. Noche cerrada. Calor, oscuridad y silencio absoluto. Miento, sólo se ve y se escucha la luz de mi pantalla y el sonido de mis teclas. Me acabo de proponer volver a escribir. ¿Será el nuevo mes? No lo sé, y tampoco sé si será por mucho tiempo o si, como tantas otras veces, es sólo la inspiración del momento, pero mis ganas de escribir han despertado. ¡Bienvenidas!
En mis cascos se cuela Vanesa Martín versionando “Con permiso, buenas tardes” de la Comparsa Los Piratas (Antonio Martínez Ares, 1998), un pasodoble que en los últimos días ocupa un lugar privilegiado en mi lista de reproducción sin saber por qué.
Me dejo llevar por el sonido de sus acordes y las palabras que brotan de su voz… Comienzo a escribir una historia sobre una mujer maltratada pero borro de un plumazo casi una pagina entera escrita. Imposible seguir. ¿Quién soy yo para escribir sobre un dolor tan fuerte? Nunca sería capaz de transmitirlo. Le tengo respeto y no me atrevo.
Doy gracias por no haberlo vivido y decido dejar que la versión de la Sra. Martín hable por mi. 

No deja de sorprenderme cuánto puede llegar a transmitir esta canción. Es capaz de hacernos sentir y comprender, aunque sea en una milésima parte, el dolor de una mujer desesperada que, únicamente matando a su marido, es capaz de sentirse libre.
Es duro. Muy duro. Pero no viene mal escuchar de vez en cuando canciones como esta. Reflexionamos, cogemos aire y nos damos cuenta de la suerte que tenemos.
Parece mentira que a día de hoy, la libertad no sea algo tan obvio e intocable como lo es para quienes la tenemos, que el amor se confunda con la esclavitud y que en las noticias sigan apareciendo titulares de violencia machista.
No era mi intención escribir sobre esto pero una vez hecho, sólo puedo dar las Gracias a quienes me inculcaron esa libertad y, sobretodo, a quién me deja disfrutarla.

Buenas noches.