¿Mayo? ¡Ya os podéis poner las pilas!

 

Alguna vez habíamos hablado que nos gustaría casarnos en mayo. Es más, nos habíamos aventurado incluso a augurar el año. “Será en 2017”, decíamos ignorando lo rápido que llegaría esa fecha.

Pues bien, uno de mis pensamientos durante el vuelo Nueva York-Madrid fue obviamente, cuánto nos quedaba por organizar y qué fecha elegiríamos para celebrar nuestra boda. Al trasladarle mis inquietudes a mi prometido, su respuesta fue muy simple: “Podemos intentarlo en mayo. Total, lo único que tenemos que preparar son los trajes de novios, el lugar de celebración y la luna de miel”.  Una de las cosas que me enamoró de él fue su optimismo.

En realidad, sabía que alguna cosa más había que preparar, pero mis ganas por cumplir con nuestra fecha deseada, me hicieron creerme a mi misma que él tenía razón. Al fin y al cabo queríamos una boda pequeñita, en la que la gente se lo pase en grande y poco más. No, no hace falta tanto, ¡a mayo llegábamos de sobra!

Septiembre de 2016. Anunciamos a nuestras familias y amigos que nos casábamos y sus reacciones, además de alegría, siempre era la misma:

–       ¿Para cuándo?.

–       Queremos para mayo.

–       ¿Mayo? ¡Pues ya os podéis poner las pilas!

¿Los trajes de novios, el lugar de celebración y la luna de miel? ¡Ay, ilusos de nosotros!

Recuerdo que mi cuñada, el mismo día que le dijimos que nos casábamos,  me dijo que aprovechase el último día de vacaciones que me quedaba para… ¡hablar con el florista! “¿Florista? ¡Pero si no sé ni cuándo ni dónde me caso!”, pensé. Pero obediente siempre he sido, y aquel último viernes de vacaciones nos fuimos a buscar a Jorge, el florista, quién nos dijo una vez más aquello de “Poneos las pilas, buscad sitio y vestido de novia, y volvéis a verme”.

Vale, entonces nuestro siguiente objetivo es reservar el sitio, ¿no?

Pues no. Mi queridísima hermana y recién nombrada Dama de Honor, tenía otro plan y es que era mucho más importante ver vestidos de novia. ¿El motivo? Ella empezaba laboratorio en la universidad y yo a trabajar por las tardes y ya no podríamos ir a verlos. “Tata, el restaurante lo tenéis que ver en Denia y esta semana hay que aprovechar para ver vestidos en Valencia”. Dicho y hecho, seguí siendo obediente y mi primer lunes de vuelta a la rutina, fui con mi hermana pequeña a las grandes firmas. Sí, es más pequeña que yo, pero también más mandona.

Y menos mal que hice caso porque me volví a llevar varias regañinas aquella tarde…

–       “¿Sin fecha?”, “¿Para mayo?” “¡Deberías tenerlo ya chica!”

“¡¡Pero si me lo pidió hace apenas una semana y aún quedan nueve meses!! Con lo relajada y feliz que venía yo de Nueva York…” Podéis imaginar mi nivel de agobio. Sin fecha, sin sitio y sin vestido.

Que no cunda el pánico. Ahí estaban mi tía y una de mis mejores amigas, para al llegar a casa, ¡encontrarme en mi buzón no uno, sino DOS “Diario de la Novia”, con el que poder organizarme todos estos meses!.

Sólo hacía cuatro días que les había anunciado la boda y una había hecho a mano un Diario de la Novia y a la otra le había dado tiempo a comprarlo, dedicarlo y enviármelo. ¡Fue increíble! Todavía recuerdo emocionada el momento en el que abrí los paquetes… Qué bonito cuando te quieren tanto y tan bien. Nada podía salir mal con personas como las que me rodeaban.

Pues efectivamente y según mi “Diario de la Novia”, de Petit Mafalda, lo normal es empezar a organizar la boda con un año de antelación y nosotros teníamos “sólo” nueve meses. Manos a la obra. Pedí varias citas en algunas firmas de vestidos de novia y en varios lugares de celebración de bodas. Volvíamos a nuestro objetivo: el sitio de celebración. Más que nada porque en las tiendas de vestidos de novia me metían mucha prisa pero no me daban cita para pruebas hasta un mes después…

En cuanto al sitio, siempre nos había encantado el Hotel Les Rotes y aunque nunca habíamos ido a una boda allí, sí habíamos estado en alguna ocasión y la sensación al entrar en aquel lugar era de lo más acogedora, muy lejos de los grandes salones para banquetes. Cumplía al 100% nuestro objetivo, un lugar con encanto en el que hacer sentir a nuestros invitados que estaban como en casa.

Hablamos con Carmen, la coordinadora de eventos del Hotel y, aunque también nos dijo aquello de “vais justitos de tiempo” salimos teniendo prácticamente claro dónde queríamos casarnos.  Aún con la posibilidad de celebrar una boda clásica, proponía una boda diferente. Se notaba que le gustaba lo que hacía y se esforzaba por conseguir objetivos nuevos pero nosotros teníamos que seguir barajando lugares y presupuestos…

Visitamos cuatro o cinco sitios más. Sin embargo, a todos le encontrábamos algún pero y  acabábamos comparándolo con el primero, que siempre salía ganando. Lo teníamos claro desde el principio, así que o reservábamos ya o, ¡todavía nos quedábamos sin sitio!

13 de mayo de 2017 en el Hotel Les Rotes. Reservado.

Lo del vestido de novia, fue más o menos igual. Nunca me había dado por ver vestidos de novia, ni siquiera me había parado a ver qué tipo de vestido podía ser el mío porque para ser sincera,  aunque sí me había imaginado que me casaría, nunca había visualizado en el momento de dar el Sí, quiero.

Allí estábamos, mi madre, mi hermana y yo sentadas en el sofa. La primera firma que me vino a la cabeza fue Rosa Clará. Me metí en la web y empecé a ver vestidos. “Nada de princesa, no soy así. Algo más sencillo pero a la vez elegante.” Sólo habíamos visto dos o tres vestidos de la colección 2017 y allí estaba el mío: sencillo, elegante y con un toque sexy. Debo tener un estilo muy definido porque las tres coincidimos en que aquel era para mí. Sin embargo, era un vestido difícil. “Mejor no te hagas ilusiones” pensé. Seguimos mirando y, aunque nos gustaron varios, ese fue el que se me quedó grabado.

En un mismo día tenía cita en Pronovias, en Rosa Clará y otra tienda que no recuerdo. En Pronovias las chicas fueron encantadoras y los vestidos impecables. A mi madre, contra todo pronóstico (siempre pensé que mi padre sería el primero en llorar), se le saltaron las lágrimas al verme vestida de blanco por primera y a la vez que intentaba decir “ese no es el tuyo”. Era un poco contradictorio pero es mi madre y como siempre, tenía razón. Me veía guapísima y el vestido era espectacular pero no era el mío.

No sabía si eso que dicen de “cuándo te pones tu vestido, lo sabes” sería verdad, así que estaba un poco asustada por si no era así y no sería capaz de saber cuál sería realmente mi vestido de novia. Pero futuras novias, eso es así.

En Rosa Clará yo tenía clarísimo qué vestido quería probarme pero la chica me avisó que era un traje muy complicado de llevar y me aconsejaba que eligiera más. Yo ya no veía más vestidos que me gustaran así que decidí que mis padres y mi hermana escogieran algunos.

Cuando me probé EL VESTIDO, lo supe. Y mis padres y mi hermana también. Seguí probándome más, pero al tercero mi padre muy sabiamente nos dijo: “dejadlo ya porque se le ha cambiado la cara con el suyo y no hay otro igual”. Al tercer sitio en el que tenía cita, llamé para anularla. Así que como veis, mi búsqueda tuvo poco recorrido.

¡Ah! Pero sí hubo una cosa en la que cambié de opinión: no quería llevar velo. No era una boda por la iglesia y el vestido tenía una espalda impresionante como para que el velo me la tapara. Pero claro, llegas allí, te lo prueban, te giras y ves que a tu familia se le ha cambiado la cara como a ti con tu vestido y…

–       “Ahora sí eres una novia novia, tata”.

–       ¡Pues ponme el velo también!

Preparar una boda no es fácil pero si tenéis claro cómo y lo hacéis de la mano, será una de las experiencias más bonitas porque, como decía uno de los consejos de mi Diario de novia personalizado, “organizar la boda es también parte de ella” y aquella aventura no había hecho más que comenzar.

Nos quedaban muchas cosas que preparar y me quedan otras tantas que contaros. Espero seguir leyendo vuestros mensajes de “quiero más” porque las cosas más especiales están todavía por contar… GRACIAS tantos de esos mensajes.

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