Día B.

Dicen que el día de tu boda vuela. Dicen que es uno de los más felices de tu vida. Dicen que no te enteras. Dicen que tienes que ver las fotos para recordar momentos. Dicen… dicen tantas cosas… Y creedme cuando os digo que todas se quedan cortas.
Quizá por eso me he vuelto a animar a escribir en mi rinconcito, para revivir cada momento, cada detalle, cada ilusión.
Quienes me conocen saben que siempre he diferenciado “la firma del papel” de la “fiesta de boda”. Tal vez sea por mi profesión, pero nunca he sido capaz de relacionar esa firma con la fiesta.
Recuerdo un momento “chicas” en una de mis dos despedidas de soltera, cuando ya entrada la noche y tiradas en el sofá, dos amigas mías me preguntaron qué sentía al casarme, por qué no estaba nerviosa.
Mi respuesta en ese momento fue que yo hubiese ido al juzgado y firmado ese papel hacía mucho tiempo, porque estaba segura de que me relación era para siempre y ese compromiso no lo iba a adquirir el 13 de mayo, sino en el momento en que pensé en formar una vida con mi ya marido. A ojos de todo el mundo ya era mi familia y eso lo podía firmar un 13 de mayo de 2017 o un 5 de octubre de 2013.
Otra cosa era la fiesta, de la que indudablemente me moría de ganas. Pero era más por reunir a mi familia y amigos y pasármelo bien, que por decirles a todos que estaba firmando un papel en el que le decía al Estado que mi novio pasaba a ser mi familia.
Obviamente mis amigas me confesaron ese momento que era demasiado pragmática y un poquito fría (y reconoced que pensasteis que era poco romántica también, jajaja). Hasta yo, cuando me oía hablar así, me veía insensible.
Bien, pues una vez pasado ese 13 de mayo de 2017 os diré que me he comido mis palabras. Una sabe cuando se equivoca, y yo, hasta ese mismo día, estaba equivocada. ¡Qué le vamos a hacer!
Nuestras familias y nuestros amigos ya sabían que nos queríamos y que íbamos a pasar el resto de nuestra vida juntos pero firmar ese papel delante de todos ellos, querer gritar a los cuatro vientos, entre lágrimas de felicidad, que ese hombre que tenía a mi lado y que me acababa de regalar las palabras más bonitas del mundo, era el hombre de mi vida, me produjo una sensación de felicidad que no había vivido jamás.
Fue en ese momento cuando entendí la relación entre la “firma” y la “fiesta”, porque señores, cuando se celebra algo, hay que sentirlo!!
Cierto es que nuestra vida sigue siendo la misma. Seguimos viviendo juntos, tenemos un plan de vida en común y nos queremos igual que en enero, pero cierto es también que desde que nos casamos somos mucho más felices y para eso si que no tengo explicación. Ni la necesito, oye!
Tengo muchísimas cosas que contar y creo que  este va a ser mi segundo Diario de novia, el más personal, en el que voy a asentar mis recuerdos y revivir mis emociones. 
No lo voy a convertir en un blog de bodas más, ni siquiera pretendo que alguien me lea, sólo quiero volver a sentir todos y cada uno de los momentos de una de las épocas más felices de mi vida. De hecho, conforme voy escribiendo estas líneas me planteo si realmente voy a publicar algo tan personal… de momento, me las quedo para mi. Solo con la sonrisa que se me dibuja al escribirlas, me merece la pena. Pero eh!, #queestoquedeentretuyo 😉

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